Cómo funciona
La grasa del cuerpo se guarda como un almacén de leña: haces atados, apilados, a la espera de que alguien los pida. Esos almacenes son los adipocitos, las células que guardan grasa. El borde blanco de una loncha de jamón está hecho de esas células.
La leña atada no calienta ninguna casa. Para usar la grasa, primero hay que soltarla de la célula que la guarda. Ese primer paso se llama lipólisis y marca el ritmo de todo lo demás: el cuerpo no saca grasa más rápido de lo que esa salida permite.
Dentro del almacén trabajan dos tijeras químicas, una detrás de otra: son enzimas. La primera corta las cuerdas y suelta los haces. La segunda sigue partiendo esa leña suelta en piezas que las células queman mediante oxidación para obtener energía. La primera tijera manda sobre la velocidad de todo el proceso.
Una tijera que cortara sin descanso vaciaría el almacén aunque nadie hubiera pedido leña. Por eso existe un freno propio: una proteína llamada G0S2 que se agarra a la primera tijera y la bloquea. Sujeta solo a esa tijera y deja intacta a la segunda. Por eso basta con frenar la primera para controlar cuánta grasa sale.
Ningún almacén decide por su cuenta cuándo sacar leña: le llegan pedidos de fuera. A las células de grasa también les llegan mensajes químicos desde otras partes del cuerpo: el GABA, conocido sobre todo por su papel en el cerebro, funciona también como molécula señalizadora en el hígado, el páncreas y el tejido adiposo, y esos mensajes ayudan a decidir cuánta grasa se libera, igual que los pedidos deciden cuánta leña sale del almacén.
Algunos almacenes tienen una estufa propia: no envían su leña a ninguna parte, la queman allí mismo para dar calor. Eso hace la grasa parda. Sus células tienen una proteína que convierte la energía guardada directamente en calor, igual que una estufa de leña calienta la habitación donde arde.