Cómo funciona
Antes de dividirse, una célula necesita dos copias de su ADN, una para cada célula hija. Esa copia se llama replicación, y sin ella una de las dos células hijas se quedaría sin instrucciones.
Dos largas filas de bailarines están frente a frente, cogidas de las manos por parejas. Las camisas son de cuatro colores y la norma es fija: roja con azul, verde con amarilla. El ADN tiene esa forma. Cada fila se llama hebra, una cadena de letras. Cada bailarín es una pieza diminuta, un nucleótido, marcada con una letra: la A siempre va frente a la T, y la C frente a la G.
La copia la empieza una enzima, la helicasa. Es una molécula que la célula usa para ese trabajo. Recorre el pasillo central y va soltando las manos de cada pareja. Cada bailarín se queda con una mano libre, y por la pista esperan muchos otros sin pareja. Esa mano solo admite el color que le toca, así que cada fila vieja dicta la fila nueva que se forma enfrente. Si una hebra dice A T C G, la que nace frente a ella dice T A G C.
Al terminar hay dos filas dobles donde antes había una. Cada una tiene un lado de veteranos y otro de recién llegados, sin que ninguna sea la original intacta. Por eso esta copia se llama semiconservativa: conserva la mitad de lo viejo y estrena la otra mitad.
Los recién llegados no se colocan solos. Los pone uno a uno otra enzima, la ADN polimerasa, que es la que monta la fila nueva. Añade cada uno junto al último de la fila nueva, siempre mirando a la fila vieja, y sin fila vieja delante no trabaja. Tampoco sabe empezar una fila desde cero. Antes, otra enzima deja un trocito corto de arranque, el cebador, y desde ahí sigue la polimerasa.
Las dos hebras del ADN van en sentidos opuestos, y la polimerasa solo avanza en uno. Por eso una hebra nueva se monta de corrido y la otra a trozos, cada uno con su cebador. Esos trozos son los fragmentos de Okazaki, y otra enzima, la ligasa, los une al final.
Tras colocar a cada recién llegado, la polimerasa comprueba que la pareja tiene la forma correcta. Si algo no encaja, frena y lo saca de la fila. Su fallo más habitual es poner una letra por otra. Lo que se le escapa lo repasa después otro equipo de revisión. Con los dos controles juntos se estima un error por cada cien millones a diez mil millones de letras copiadas. Es muy poco por letra, pero el ADN de una célula humana es tan largo que cada copia entera puede dejar alguna letra cambiada.