Cómo funciona
El primer paso es reunir los ingredientes. Los seres vivos se construyen sobre todo con carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, fósforo y azufre. El carbono es el centro de esa química porque forma cuatro enlaces, y eso permite un número enorme de moléculas. Los aminoácidos, que son las piezas con las que se fabrican las proteínas, y ciertos azúcares aparecen en meteoritos, y en el gas y el polvo que rodean a los cometas se han detectado moléculas orgánicas, es decir, compuestos que en la Tierra se asocian a la química de la vida. Las nubes de gas y polvo entre las estrellas guardan más de cien tipos de moléculas, entre ellas formaldehído y alcohol.
El segundo paso es explicar cómo pudo fabricar la propia Tierra esos ingredientes. Desde principios de los años cincuenta del siglo XX, Stanley Miller y Harold Urey, en la Universidad de Chicago, simularon en laboratorio las condiciones de la Tierra primitiva y obtuvieron algunos de los bloques básicos de las proteínas y de los ácidos nucleicos, las moléculas que guardan la información hereditaria. El experimento tiene un problema. La química más fértil ocurre con gases ricos en hidrógeno, como el amoníaco y el metano, y la atmósfera de aquella Tierra estuvo probablemente dominada por dióxido de carbono, con poca cantidad de esos gases. Por eso se ha propuesto también que las fuentes hidrotermales, sistemas del fondo marino en los que el agua se sobrecalienta al circular por la roca antes de volver al océano, aportaran compuestos orgánicos sin necesitar esa atmósfera. Probablemente contribuyeron fuentes terrestres y extraterrestres, y hay más pruebas directas de las segundas.
El tercer paso es el más difícil. De los ingredientes a una célula hay un salto enorme: hasta las moléculas más sencillas de los genes contienen millones de unidades colocadas en un orden preciso. Cada capacidad básica, extraer energía y codificar información, tiene explicaciones plausibles por separado. Falta saber cómo se juntaron. Ahí está el problema del huevo y la gallina. En la biología actual, las proteínas hacen el trabajo químico de la célula y el ADN guarda las instrucciones para fabricarlas. Pero las proteínas son las que ensamblan las cadenas de ADN en el orden correcto, y las proteínas se fabrican a partir de lo que dice el ADN. Ninguno de los dos sistemas funciona sin el otro. Una salida es suponer que la química previa usaba moléculas capaces de las dos tareas. El ARN, un pariente del ADN que interviene en el paso de la información genética a las proteínas, pudo ser una de ellas. La idea de un mundo de ARN gana aceptación, aunque queda mucho por entender.
Hace entre 3.800 y 4.100 millones de años, la Tierra sufrió un bombardeo de grandes impactos, con energía para esterilizar por calor las capas superficiales. Si la vida había empezado ya, pudo borrarse. Al cesar los impactos, los océanos pudieron acumular materia orgánica y quedaron reunidos los ingredientes para que surgieran organismos.
La vida primitiva, quizá poco más que moléculas grandes, viviría en mares cálidos y ricos en nutrientes, alimentándose de lo acumulado. Cuando ese alimento fácil se agotó, empezó el largo camino evolutivo. Una novedad decisiva fue la fotosíntesis, el conjunto de reacciones con el que algunos seres vivos usan la luz del Sol para fabricar sustancias que almacenan energía y, en una variante, liberan oxígeno. Ese oxígeno se acumula en la atmósfera desde hace unos 2.400 millones de años y formó la capa de ozono, que frena la radiación ultravioleta y permitió colonizar tierra firme.