Cómo funciona
La imagen más útil es un árbol de familia. Una persona no desciende de su primo: los dos vienen de los mismos abuelos. Con los chimpancés ocurre lo mismo a otra escala. Las dos ramas se separaron de un antepasado común hace unos 6 millones de años.
Las especies que quedaron del lado humano de esa separación se llaman homínidos. Son más cercanas a las personas que a los chimpancés. Tres rasgos distinguen a los humanos de los demás. El primero es andar erguido sobre dos piernas, lo que se llama bipedestación.
Los otros dos son un cerebro mayor y un pulgar capaz de tocar la punta del meñique. Basta juntar las yemas de esos dos dedos para hacer un gesto que define a la especie.
Para que una rama cambie hace falta variedad. Cada ser vivo hereda unas instrucciones, los genes, y a veces se copian con pequeños errores. Esos cambios se llaman mutaciones y crean versiones nuevas de un mismo rasgo.
Después actúa la selección natural, descrita por Charles Darwin y Alfred Wallace, cada uno por su cuenta, a mediados del siglo XIX. Nacen más crías de las que pueden sobrevivir: compiten por recursos que no alcanzan para todas. Las versiones que ayudan en esa competencia pasan a más descendientes y se hacen comunes.
El azar también cuenta. La deriva genética es el cambio en la proporción de versiones de un gen por pura suerte; pesa más en poblaciones pequeñas. El flujo génico es el paso de genes de un grupo a otro cuando sus miembros tienen hijos juntos.
Estos cuatro mecanismos cambian, con el tiempo, la proporción de versiones de cada gen en una población.
Eso es evolucionar.
En la rama humana, el resultado se puede seguir en el tiempo. Los australopitecos surgieron en África oriental hace unos 4 millones de años y desaparecieron hace unos 2 millones. El género Homo, al que pertenecen las personas, nació de un antepasado compartido con ellos hace unos 2 millones de años.
Uno de los primeros miembros de este género, al que los científicos llamaron Homo habilis, tenía un cerebro de 600 a 750 centímetros cúbicos —la unidad que mide volumen—, mayor que el de los australopitecos. Su nombre, «hombre hábil», se debe a las herramientas de piedra halladas junto a sus restos. El cerebro humano actual mide de 1.130 a 1.260 centímetros cúbicos, algo más que un brik de leche de un litro.
Los humanos modernos surgieron en África y salieron hacia otros continentes hace unos 100.000 años. La herencia guarda la huella de ese origen.
Dentro de cada célula hay un ADN pequeño que se recibe solo de la madre, el ADN mitocondrial. Si se sigue ese hilo hacia atrás, generación tras generación, todas las líneas maternas actuales confluyen en una misma mujer que vivió en África hace unos 160.000 años. No fue la única persona de su época: es, simplemente, la única cuya línea materna no se ha cortado hasta hoy.
Con el padre ocurre algo parecido. El cromosoma Y, un fragmento de ADN que solo pasa de padre a hijo varón, lleva también a un mismo origen: un hombre que vivió en África hace unos 140.000 años, que tampoco fue el único hombre vivo en su tiempo.
Casos
Lucy, la australopiteca de Etiopía. A mediados de los años 70 apareció en la región de Afar, en Etiopía, el esqueleto de una hembra adulta de una especie temprana de homínido, Australopithecus afarensis. Vivió hace 3,24 millones de años. Solo se recuperó el 40% de sus huesos, y aun así es el australopiteco más completo hallado. Su caso muestra lo escasas que son las pruebas: el mejor ejemplo conserva menos de la mitad del cuerpo.
Las huellas de Laetoli. En Laetoli, en Tanzania, se conservan pisadas de homínidos de 3,6 millones de años. Las dejaron australopitecos que ya caminaban sobre dos pies. Son anteriores al género Homo y a sus cerebros más grandes. Enseñan que andar erguido llegó antes que el cerebro grande, y que los rasgos humanos no aparecieron todos a la vez.
Homo erectus, el primero en salir de África. Esta especie, posterior a Homo habilis, apareció en África oriental hace unos 1,8 millones de años. Su cerebro medía de 775 a 1.100 centímetros cúbicos, cerca ya del humano actual. Los objetos hallados indican que fue el primer homínido en usar el fuego, cazar y tener un lugar fijo donde vivir. También fue el primero en emigrar fuera de África. La salida de los humanos modernos, mucho después, fue por tanto una segunda oleada.