Cómo funciona
Las defensas adaptativas, las que reconocen a cada invasor y lo recuerdan, dependen de los linfocitos, que son de dos clases: B y T. Ambos nacen de células madre de la médula ósea, el tejido blando del interior de los huesos. Esas células madre, llamadas hematopoyéticas, siguen presentes durante toda la vida adulta y reponen de forma continua las células de la sangre que se pierden por la edad o por haber cumplido su función. Los linfocitos B terminan de madurar en la propia médula. Los T, todavía inmaduros y entonces llamados timocitos, viajan al timo.
El timo es una fábrica con un control de calidad muy duro. Los timocitos entran por la zona externa, la corteza, y avanzan hacia la zona interna, la médula. Por el camino pasan dos pruebas. En la primera, la selección positiva, solo sobreviven los que saben reconocer las moléculas de presentación del propio cuerpo, que son las que enseñan los fragmentos de un invasor a la célula T. En la segunda, la selección negativa, se eliminan los que se unen a antígenos propios, es decir, a moléculas normales del organismo. Un antígeno es cualquier molécula capaz de provocar una reacción de las células inmunitarias. Los que fallan mueren, en buena parte por apoptosis, que es una muerte celular programada. El resultado es que solo el 2 % de los timocitos que entran en el timo salen como linfocitos T maduros y funcionales.
Esos linfocitos recién salidos se llaman vírgenes. Están plenamente capacitados, pero todavía no han encontrado el antígeno que les corresponde. Esperan en los ganglios linfáticos, el bazo y otros órganos secundarios. Cuando uno de ellos reconoce a su antígeno, se activa y se multiplica; ese aumento de copias se llama expansión clonal. Parte de las células resultantes son efectoras, que actúan enseguida, y otras son células de memoria, que pueden durar toda la vida y responden más rápido y con más fuerza si el invasor vuelve. Con los linfocitos B ocurre algo parecido: de un linfocito B activado salen también células de memoria.
La involución es la pérdida progresiva de tejido de esa fábrica. Empieza tras la pubertad y el timo pierde en torno a un 3 % de su tejido cada año hasta los 35 o 45 años. Después el ritmo baja a más o menos un 1 % anual durante el resto de la vida. Si ese ritmo se mantuviera, la pérdida total del tejido y de los timocitos llegaría hacia los 120 años.
La causa parece interna. Se ha visto involución del timo en todos los vertebrados que lo tienen. En ratones de líneas endogámicas, es decir, genéticamente casi idénticas dentro de cada línea, se trasplantaron timos entre líneas distintas, y el injerto envejecía según la edad del donante, no la del receptor. Eso sugiere un proceso programado genéticamente. Además, el ambiente del timo, imprescindible para producir linfocitos T vírgenes, va perdiendo sus células epiteliales a medida que baja la actividad del gen FOXN1.
Las hormonas también intervienen. El estrógeno y la testosterona, dos hormonas sexuales, favorecen la involución.