Cómo funciona
El cuerpo puede imaginarse como una ciudad amurallada. Tiene murallas, vigilantes que atacan a cualquier extraño y una policía que investiga a cada sospechoso y guarda su ficha. Cada pieza de esa ciudad tiene su equivalente en el organismo.
Los asaltantes son los patógenos: bacterias, virus y otros seres diminutos capaces de causar enfermedad. Todo el sistema existe para frenarlos.
La muralla. La primera línea es física. La piel tiene una capa exterior endurecida por una proteína resistente, la queratina. Otras zonas del cuerpo, como la nariz, la boca y el intestino, no tienen piel. Están cubiertas por mucosas: un revestimiento húmedo tapizado de moco. Ese moco también cierra el paso a los microbios.
La saliva añade una defensa química. Lleva una enzima, la lisozima, que rompe la pared de las bacterias. Cada vez que se traga saliva, esa defensa está trabajando.
Los vigilantes. Si un microbio cruza la muralla, entra en juego una defensa que no distingue quién es el intruso: ataca igual a cualquiera. Se llama defensa innata, y se tiene desde el nacimiento.
Los primeros en actuar suelen ser los glóbulos blancos más abundantes de la sangre. Se tragan a los patógenos, literalmente. Otras células, las células NK (o asesinas naturales), son un tipo distinto de glóbulo blanco. Se ocupan de las células del propio cuerpo infectadas por un virus, o vueltas cancerosas, y las empujan a morir de forma ordenada.
En la sangre circula además el sistema del complemento, formado por unas 20 proteínas. Trabajan juntas para abrir agujeros en la envoltura del invasor, hasta destruirlo.
Una respuesta típica de esta defensa es la inflamación. Se reconoce por cuatro señales: la zona se calienta, enrojece, duele y se hincha.
La policía que investiga. La segunda capa es la defensa adaptativa. A diferencia de la innata, no ataca a cualquiera: persigue a un intruso concreto al que ha aprendido a reconocer. Por eso también se la llama específica.
Lo reconoce por sus marcas, unas moléculas propias de cada invasor que se llaman antígenos. Funcionan como el rostro del sospechoso en una ficha policial.
Los protagonistas son dos tipos de glóbulos blancos: las células B y las células T. Cada una organiza una línea distinta de respuesta, lo que se llama una rama. Una rama la llevan las células B. La otra, las células T.
Las células B activadas se convierten en fábricas de anticuerpos, unas proteínas que se pegan a un antígeno concreto y a ningún otro. Una sola de esas fábricas puede soltar hasta 100 millones de anticuerpos por hora.
La ficha guardada. Cuando la batalla termina, quedan células B y T de memoria. Si el mismo patógeno vuelve, actúan mucho antes, sin esperar a que otras células les enseñen al intruso. A esto se le llama memoria inmunológica.