Cómo funciona
Durante décadas, muchas tradiciones trataron las emociones como ruido que estorba al buen juicio. Los experimentos sobre estado de ánimo, memoria y evaluación mostraron otra cosa. El estado afectivo cambia qué notamos, qué recordamos y cómo valoramos una opción.
Sobre esa base, Salovey y Mayer propusieron en 1990 tratar ciertas operaciones con las emociones como una forma de inteligencia. Son habilidades relacionadas entre sí, que se desarrollan con la experiencia y que pueden medirse con tareas, no solo preguntando a alguien cuánto cree que entiende a los demás.
La idea central es que las emociones llevan información. Avisan de una amenaza, de una pérdida, de una oportunidad o de una injusticia percibida. Ignorar esa señal empobrece la decisión. Dejarse arrastrar solo por el pico de la emoción también. El modelo no dice que haya que «seguir el corazón». Describe cómo usar esa información con más precisión.
En 1997 el modelo se ordenó en cuatro ramas, de la más básica a la más compleja:
- Percibir y expresar. Leer las señales emocionales en la cara, la voz y la postura, y expresar el propio estado de forma que los demás lo entiendan.
- Usar la emoción para pensar. Notar que ciertos estados ayudan a ciertas tareas, por ejemplo a generar opciones o a detectar riesgos, y elegir el momento de la tarea cuando se puede.
- Comprender. Nombrar cada emoción con precisión, ver cómo se combinan y prever cómo evolucionan, por ejemplo de la irritación a la ira y de la ira al resentimiento.
- Regular. Modular la propia respuesta sin negar lo que se siente. El psicólogo James Gross describió en 1998 estrategias de regulación de corto y de largo plazo.
Las ramas se apoyan unas en otras. Quien no percibe bien suele regular mal.
El cerebro hace plausible este esquema. Las respuestas emocionales rápidas ponen en marcha circuitos que incluyen la amígdala, una estructura cerebral que marca lo que tiene relevancia emocional y dispara la alerta. La corteza prefrontal, la parte más delantera del cerebro, integra el contexto y reajusta la respuesta. Por eso la emoción puede dispararse antes de que el razonamiento termine. Esta anatomía es un puente útil, pero no demuestra por sí sola que exista la inteligencia emocional.
Un ejemplo muestra el mecanismo completo. Dos personas reciben el mismo correo brusco de un colaborador. Una responde en caliente y envenena la conversación. La otra pone nombre a su irritación, espera veinte minutos y contesta con hechos. La irritación informa de que se ha roto una norma de respeto. Lo útil es preguntarse qué explica esa señal y qué respuesta sirve al objetivo del equipo a largo plazo.
Si es una habilidad, se puede aprender. Hay programas educativos que practican el nombrar emociones, ponerse en el lugar del otro y regular la respuesta. Ninguno garantiza resultados en cada persona.